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¿que es la amorosidad? :
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Hace mucho he escuchado estas palabras de una persona muy amorosa, inteligente y pianista estupenda: la profesora Adelaide Moritz, mi maestra en la música y en la vida. No me he olvidado nunca de su palabras por dos motivos: porque al poner “estado de” antes de los sustantivos egoísmo y amor, ha creado una nueva clasificación para la condición humana y porque ha definido el egoísmo como antónimo de amor, y no el odio, como comúnmente lo hacemos.   Lo hizo porque no se refería al amor en sí mismo, sino a la condición de amor, como un modo de ser. Es casi una filosofía vivir en estado de amor, es estar conectado al mundo por un cordón de luz, que ilumina las relaciones y las hace siempre agradables, independiente de ser afectivas, familiares, profesionales o circunstanciales.   Por otra parte, vivir en estado de egoísmo sería lo mismo que crear un cordón de aislamiento que aleja a las personas y condena a su “usuario” a una vida pobre de espíritu y corta de esperanza. Vivir en egoísmo significa quererlo todo para sí mismo, no compartir, desconsiderar las necesidades y los sentimientos ajenos. Ser un habitante del estado de egoísmo es lo mismo que declarar guerra al mundo, usando como armas palabras duras, desconfianza permanente y falta de respeto latente.   Todos conocemos a personas de los dos tipos, pero voy a hablar aquí de las del primero. De aquellas personas que, por índole y opción, viven en amorosidad, lo que no significa que no puedan ser duras cuando necesario. Me recuerdo que la profesora Adelaide era amada por sus alumnos incluso cuando era exigente y demostraba que no estaba satisfecha con nuestro desempeño. Personas amorosas son amadas porque son amorosas y son amorosas porque no tienen miedo a ser amadas. Hay quien diga que amar es fácil y que lo difícil es ser amado. Los verdaderamente amorosos dejan el camino abierto en los dos sentidos.   Es importante aclarar que ser digno de amor no significa ser bondadoso, correcto, modesto y gentil para hacer amigos e influenciar a personas. Esto es ser amable. “La amabilidad, es el simulacro de la moral”, explica el filósofo André Comte-Sponville, que se dio el trabajo de escribir el Pequeño tratado de las grandes virtudes. El filósofo afirma que actuar de modo amable no es ser amoroso, pero es el principio. La esperanza es que de la amabilidad surja el noble sentimiento. Al ocupar el amor que le falta, por hábito o por educación, la moralidad puede transformarse en amorosidad, su estado más elevado. Al alcanzar este auge las virtudes se disuelven y se transforman en una, pasando a ser practicadas sin artificio, al natural, con azúcar, con afecto, con amor verdadero.   Según esta visión, vivir en estado de amor puede ser una opción, algo que puede desarrollarse conscientemente, una actitud que comienza en la mente y termina por instalar un nuevo modo de ser en el corazón. El mundo se lo agradece.   ¿La amorosidad es una de las manifestaciones de la capacidad humana de amar?   Amorosidad no es amor, es un hábito de quienes son capaces de amar. Pero, para ello, es necesario vivir el amor en sí, lo que da más trabajo de lo que aparenta, pues hay más de un tipo de amor y sólo seremos completos cuando conozcamos a todos ellos. Para comprenderlo mejor podemos ir al mundo griego antiguo, sencillo y coherente, y reducir la esencia del amor a tres tonos primarios: Eros, Philia y Ágape.   El tipo más primitivo de amor es el erótico. Egoísta, incompleto, es una especie de deseo por lo que nos falta. La palabra viene de Eros, dios del amor, fruto de la unión de Penia, la penuria, y Poros, el fastuoso. Hijo pobre, sucio, sin zapato, sin techo y siempre hambriento, hereda del padre la atracción por lo bello y por lo bueno; es sagaz, cazador y siempre está confabulando, deseando más y más.   Eros nace de un golpe de Penia, dado mientras Poros dormía ebrio tras la fiesta de nacimiento de la diosa Afrodita. La diosa de la penuria quiso aliviar su condición miserable teniendo un hijo con el señor de la riqueza y así concibió a Eros, quien ha vivido siempre bajo intensa atracción a lo bello, pero oscilando entre los extremos, porque era pobre, pues no poseía nada, y rico porque guardaba recursos potenciales para generar nuevas vidas. Eros quiere siempre más, cobija salir de sí mismo, corre siempre detrás del saber, de la belleza, de la fertilidad. Es angustiado e insaciable.   La forma más embustera de los amores, el amor erótico generalmente se consuma con el contacto sexual. “En verdad, el amor de ellas [personas enamoradas] es un egoísmo a dos; son dos personas que se identifican la una con la otra y solucionan el problema del estado de separación con el encuentro erótico”, dice el psicoanalista Erich Fromm. Amor sediento que busca embriagarse incluso cuando está saciado, es como la ausencia llena de vacuo, siempre a la espera de alguna completud inacabada, vacía. Así es Eros.   Necesario y proprio de nuestra condición de humanos incompletos, Eros no representa la amorosidad, a pesar de poder formar parte de ella como generador de vida. Este estado comienza – sí, solamente empieza – a manifestarse a través del segundo modelo, el amor Philia, que es fraternal, compañero. Menos estimulado por la posesión, este tipo de sentimiento se cristaliza por la amistad y su placer deriva del simple hecho de estar junto, de compartir momentos. Philia se alimenta de la conversación, del cuidado, de la alegría, del compartir. Es generoso, pero tiene su lado egoísta, pese manifestarse como altruista, una vez que se pone siempre a servicio del otro. Su egoísmo deriva del hecho de que al servir al amigo se siente placer, por eso se sirve.   De Philia surgieron nombres como filosofía, que significa amor a la sabiduría, al conocimiento; en zoología, el estudio de los animales, se usa la palabra filo para designar grandes grupos de especies que tienen afinidades entre sí. Nosotros humanos, por ejemplo, pertenecemos al filo de los vertebrados, porque así como los peces, las aves, los reptiles y otros mamíferos, tenemos una columna vertebral. Constatamos que incluso la ciencia busca inspiración en los mitos griegos para explicar sus conclusiones.   Superior a estas cosas mundanas, como el erotismo y la amistad, encontramos el amor Ágape, que eleva el amor a un estado divino, inmaculado. En verdad, va más allá del amor, es universal, sin predilección ni elección, es enteramente desinteresado. No es pasión, ni amistad, es divino, creador. Es el que da valor a lo que no tiene ningún valor en sí mismo. No exige capacidades, las concede. Es la aceptación invariable del otro, sea como sea, amigo, enemigo o indiferente.   Quien vive en estado de amor y tiene amorosidad como filosofía experimenta el amor Ágape todos los días. Este es un tema que no escapó a los filósofos, lo que se explica por su importancia. “En esencia, todos los seres humanos son idénticos. En verdad, somos todos parte del Uno”, concluye Erich Fromm, para explicar la amorosidad. “Ser amado precede la gracia y prepara el estado de amor”, dice Comte para expresar el origen de todo.   Platón presenta en Banquete dos teorías para explicar la amorosidad: como no podemos escapar de nuestra incompletud, direccionamos nuestro amor a otros cuerpos y generamos hijos, o lo expresamos en el arte, en la política, en la poética, en las ciencias, en las filosofías o en lo que sea, dando prioridad a lo bello. “Seguir el amor sin perderse en él, obedecerle sin encerrarse es transponer una tras otra las gradaciones del amor: amar primero un sólo cuerpo, por su belleza, después todos los cuerpos bellos, luego la belleza que les es común, después la belleza de las almas, que es superior a la de los cuerpos, en seguida la belleza que está en las acciones y en las leyes, después la que está en las ciencias, finalmente, la belleza absoluta, eterna, sobrenatural, la de lo Bello en sí, que existe en sí misma, de todas las bellas cosas que participan, de que preceden y reciben su belleza…”   ¿Ser amoroso es tener la capacidad de amar por el amor en sí, sin contrapartida, sin interés, sin posesión, como una madre ama a su hijo?   La amorosidad está presente en las relaciones familiares, pero va más allá de ellas y se extiende al mundo mejorando las relaciones. Entre los miembros de la familia, especialmente entre la madre y el hijo la amorosidad gana profundos contornos de Ágape. Sin embargo, muchas veces, se pierde en este camino, pues Ágape presupone la no posesión,  sentimiento que la madre tiene que esforzarse mucho para no desarrollar.   Todas las madres aman, pero hay madres amorosas y madres posesivas. La amorosa sabe que su hijo nació de ella, pero sabe también que no le pertenece de verdad, por ello, prepara el hijo para la vida y se prepara para dejarlo partir y vivir su condición de individuo, con sus virtudes y defectos, conociendo conquistas y riesgos. La madre posesiva es egoísta es controladora. Exige amor y entrega porque ama y se entrega. Pero la amorosidad no es eso, no es moneda de cambio ni objeto a compartirse. El amoroso, es libertario, no retiene, no exige, no controla.   Amorosidad es una condición humana elevada, acerca a las personas a un conjunto de virtudes, pues en ella están incluidos el cuidado, el respeto, la confianza. La amorosidad es bella, buena y verdadera. Si Eros, Philia y Ágape son dioses que personifican el amor, la amorosidad es la calidad que eleva a los humanos a la condición de dioses. El amor de madre es el comienzo de ese entrenamiento para alcanzar la divinidad, pues es el primero, el más grande, puro y completo. Pero no puede ser egoísta, pues perdería la calidad de producir amorosidad, una vez que encontramos en ella la libertad, valor mayor einsustituible.   Concluimos que si la amorosidad no es amor es porque él la fertiliza y, al hacerlo, genera una sublime posibilidad humana: la de construir la paz, esta indefectible condición para la felicidad. 

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